lunes, 15 de agosto de 2011

Sola a través del Atlántico

Aurora Canessa cumplió un sueño de toda la vida: cruzar en velero desde Buenos Aires hasta Portugal. Lo hizo en un año y 77 días de navegación. Intimidades de la travesía.

15-08-2011 | BUENOS AIRES. El 17 de abril de 2010 a las dos de la tarde, Aurora Canessa decidió dejar de soñar y salir al encuentro de su fantasía de la infancia: cruzar el océano Atlántico a bordo de un velero, en solitario. "Voy al mar, a donde pertenezco", dijo a sus familiares, amigos y otros miembros de la gran familia náutica argentina que se acercaron a desearle "buenos vientos" en una emotiva despedida en el puerto de Olivos. Ese día, Aura, de 66 años, navegante, pescadora y empresaria (es dueña de un servicios de motomensajería y de cadetes administrativos), se lanzó a la travesía con su pequeño pero poderoso velero al que decidió nombrar "Shipping".

La aventura le tomó un año y 77 días. Durante esas interminables jornadas, "Shipping" fue su más fiel compañero. "Es una embarcación sólida, está muy reforzada, la supervisé personalmente durante toda su construcción", detalló en conversación con 7 DÍAS desde su último destino, la preciosa villa de Cascais, en Portugal, a donde llegó el pasado 3 de julio. Ya en tierra firme, Aurora explicó que antes de partir, su preparación física y mental fue tan minuciosa como la de su embarcación. Canessa se entrenó durante varios meses con una dieta y una serie de "ejercicios del dormir", que le permitieron mantenerse varios días durmiendo una hora sí y otra hora no, para evitar que un largo descanso la sorprenda en medio de una tormenta o cualquier otro imprevisto. Ella también se aseguró de contar con un sistema de comunicaciones especializado. Se hizo de una cobertura mundial de telefonía satelital y datos para navegantes y viajeros, llamada Tesacom VKI. Este sistema le permitió mantener actualizado su blog, disponible en el site de su empresa, Shipping S.R.L, donde detalló las peripecias del recorrido que fueron seguidas por miles de seguidores. Estos seguidores se fueron sumando día tras día a las redes sociales que la alentaban desde tierra firme. Ellos, un pilón de libros y varias técnicas de meditación fueron fundamentales para el bienestar psicológico de Aurora, así como también lo fueron su médico y amigo, Omar, que la atendía telefónicamente cuando sentía malestares, Yanko, su mejor amiga, y su familia, que la contenían cuando la soledad, el silencio y la interminable oscuridad del océano despertaban sus miedos más primitivos.

Su viaje se dividió en varias etapas. Primero estableció rumbo al puerto de Piriápolis en Uruguay, para luego recorrer las costas uruguayas, las brasileñas, varias islas del mar Caribe y luego, desde Saint Marteen lanzarse al cruce hacia el Atlántico. En Saint Marteen por primera vez, Aurora dejó de sentirse un bicho raro y conoció a su tribu. "A medida que iba subiendo me encontraba con navegantes de todo el mundo que no sólo habían cruzado el Atlántico sino que lo habían hecho varias veces. Padres con hijos adolescentes, familias enteras, todos se preparaban para cruzar y acompañarse. Conocí a muchas mujeres enamoradísimas, dispuestas a seguir a sus hombres. Desde ese lugar era tan natural cruzar que se me desmitificó la situación y perdí el miedo. Sin embargo, los riesgos fueron reales y muchas veces sentí verdadero terror", resume. Una de esas veces fue cuando no pudo con su propio cansancio y se quedó profundamente dormida. Cuando la despertaron los primeros rayos de sol ya eran las siete de la mañana y se dio cuenta de que durante varias horas había estado a la deriva, arrastrada a puro antojo del océano. "Perdí el rumbo y me enfurecí conmigo misma. Tanto que me agarraron fuertes calambres en el estómago y no podía estar parada. Tuve que hacer una hora de reiki para aflojar el estómago y rearmonizar mi cuerpo, y sobre todo, tuve que perdonarme por ese grave error que me podría haber costado la vida", explica. Hubo otros momentos de terror, como el día en que en pleno almuerzo, descubrió que un buque de 250 mil toneladas venía a toda marcha en su dirección.

"Logré llamarlo por un canal y en mi mejor inglés de Tarzán conseguí que me entendieran. Ellos no me habían visto en su radar.

Afortunadamente reaccionaron a tiempo y pasaron a 500 metros de Shipping. Fue terrorífico", recuerda. El terror fue su acompañante silencioso. De vez en cuando se asomaba, y la mayoría de las veces, reaparecía de la mano de alguna tormenta que traía olas más grandes que el mismísimo Shipping. Esas olas llegaban inevitablemente de la mano de dolores de estómago que dejaban a Aurora debilitada. En esos momentos, la aventurera invocaba una fuerza superior y a seres queridos que ya partieron, a quienes sentía como protectores. A pesar de la profunda espiritualidad, no hay registro de eventos sobrenaturales. Sólo uno: en su paso por el triángulo de las Bermudas, su GPS dejó de funcionar por única vez en todo el viaje.

Todos esos momentos quedaron reducidos a pequeñas anécdotas cuando Aurora finalmente avistó tierra europea firme. "Cuando llegué a las costas fui recibida con un mensaje de bienvenida por radio. Ahí me enteré de que me estaban esperando y ya tenían un lugar asignado para mí. No sólo tenían un lugar, tenían una gran cena de bienvenida con champagne, camarones, tapas, vino. Armaron un banquete en mi homenaje y yo me saqué las ganas de tomar alcohol, después de tanta abstinencia, no podía acreditar lo que me estaba pasando", explica con emoción. Sin embargo, la primera noche en tierra firme fue angustiante. "Me desperté temprano, antes del amanecer con dolor de estómago y el corazón latiendo fuerte con desazón. Tengo por costumbre escarbar a fondo cuando me sucede algo fuerte emocionalmente y saqué como conclusión que lo que me pasó es como lo que viven las mamás cuando paren sus hijos, el bebé ya había salido y ahora venía el desafío de la vida normal que puede ser más difícil que este viaje", explica.

Fuente: Denise Tempone.

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